Berenice – Capítulo 1
Berenice Capítulo 1
Los rayos anaranjados del sol se alzaban como una corona sobre la gran cúpula de la catedral. Amanecía un nuevo día en la ciudad-estado de Bellezza.
El aire matutino era húmedo y frío debido a la lluvia de la noche anterior. Los notarios con sus fajos de pergaminos y papeles bajo el brazo, y los pintores con nuevos encargos, se apresuraban hacia sus puestos.
Los funcionarios de la corte, con sus túnicas rojas ondeando, se mezclaban con médicos camino al hospital, mientras que, en la dirección opuesta, los guardias que acababan su turno nocturno se dispersaban con rostros cansados.
El mercado ya estaba en pleno apogeo. El pregonero de los baños públicos voceaba: "¡Agua caliente! ¡Agua limpia y caliente desde el amanecer!", mientras un vendedor de verduras con su canasta en la cabeza caminaba a paso ligero.
La forja lanzaba llamaradas ruidosas, y los herreros, con el torso descubierto, golpeaban con fuerza los hierros al rojo vivo. Los panaderos y queseros también se movían con diligencia, alzando la voz.
Mientras tanto, una parte del mercado, tan enredada como una telaraña, estaba completamente congestionada. Desde temprano, había estallado una discusión entre comerciantes, y la multitud de curiosos había convertido el ya estrecho callejón en un caos total.
—¡Lorenzo, para unas zapatillas puedes usar otro tipo de cuero! ¡Este lo necesito para un libro que me encargaron!
—¡Por Dios, María! ¿Acaso las zapatillas se hacen con cualquier cuero? ¿Para qué quieres usar un cuero tan caro en un libro que solo acumulará polvo en un estante?
El zapatero Lorenzo, que buscaba cuero para unas zapatillas, y la librera María Orsini, que necesitaba el mismo material para encuadernar un libro, discutían acaloradamente.
—¡Por muy bueno que sea el cuero, de nada sirve si se pudre en un estante polvoriento! ¡Es mucho mejor usarlo para algo práctico como unas zapatillas!
—¿Qué? ¿Estantes polvorientos? ¡Estás insultando a mis clientes!
La multitud observaba el altercado con interés, mientras dirigía miradas de compasión hacia el pobre aprendiz de talabartero atrapado en medio.
El joven, de pie junto al carrito, parecía ausente, esperando que terminara la tediosa pelea.
—Además, los libros que vende Humanitas no son tan importantes como para merecer una cubierta de piel de cordero de lujo, ¿no?
¿Eh...? ¡Eso ya es demasiado!
El murmullo creció entre los espectadores. La librería Humanitas de María Orsini era un lugar querido por todos en el distrito.
N/T: Humanitas es un término latino que se refiere a la naturaleza humana, la cultura, la formación integral del hombre y la cualidad de ser humano.
Y, ¿quién era María Orsini? Una mujer de cabello gris y gafas sobre la nariz, una figura respetada como una matriarca entre los comerciantes de Bellezza.
Pero el joven zapatero Lorenzo, obsesionado con conseguir el cuero, no parecía darse cuenta de lo grosero que era.
Con una mueca burlona, añadió:
—Venden montones de esas novelas románticas cursis que solo leen las mujeres. Historias de amor sentimentales e inútiles. ¿Qué hombre en su sano juicio las leería? Son pura fantasía.
¿Se había vuelto loco? Las palabras de Lorenzo provocaron el rechazo de las mujeres presentes. Entre los abucheos, algunas murmuraban que por eso nadie lo tomaba en serio.
—Qué lástima, pobre Lorenzo.
María Orsini, aunque molesta, lo miró con calma.
—No sabes nada, ¿verdad? De cómo ese amor "cursi" hace llorar a los corazones fríos, da valor a los cobardes y convierte a los egoístas en seres capaces de sacrificarse.
¡Bien dicho! Las risitas de aprobación hicieron que Lorenzo apretara los labios. María se enderezó y sonrió.
—Si hubieras leído aunque fuera una de esas historias "cursis" y hubieras intentado parecerte un poco a sus protagonistas, serías un hombre mucho mejor. Qué pena.
—¿Q-qué?
El rostro de Lorenzo se enrojeció de furia. Finalmente, gritó:
—¡¿Sabe para quién son estas zapatillas?! ¡Para la señora Adriana de la Casa del Brenta! ¡Sí, la noble familia que todos conocemos me encargó este trabajo!
El golpe fue efectivo. De pronto, el ambiente se volvió tenso. Lorenzo escuchó susurros: ¿En serio? ¿Lorenzo consiguió un encargo de los del Brenta?
Aunque por un momento dudó si había sido buena idea revelar el nombre, al ver cómo la gente lo miraba con nuevo respeto, infló el pecho.
—¡Así es! ¡La mismísima señora del Brenta me pidió que le hiciera unas zapatillas!
Con la barbilla en alto, se golpeó el pecho y extendió la mano hacia el aprendiz.
—¡Con este cuero, crearé una obra maestra!
Justo cuando Lorenzo iba a tomar el cuero, María giró al aprendiz hacia ella.
—Aunque el nombre del Brenta me impresionó, debo confesar que yo también tengo un encargo especial.
Sonrió satisfecha ante la multitud expectante.
—¡Es para la Casa Sforini! ¡El mismo Giuliano Sforini, aquel famoso capitán mercenario! ¡Y ahora su hijo es cardenal!
¡Guau! ¡Los Sforini! La multitud estalló en emoción.
Lo que parecía una pelea sin importancia se había convertido en un espectáculo gratuito. Bajo las miradas atentas, María sonrió segura de su victoria.
—Lorenzo, que yo sepa, los del Brenta, siendo banqueros y comerciantes, siempre calculan cada gasto al milímetro. Y normalmente, ¿no se hace el producto y luego se cobra?
—¿Y qué?
El zapatero respondió nervioso.
—No quería decirlo, pero... tú no tienes dinero, ¿verdad? Demasiado ocupado apostando a los dados o comprando boletos de lotería en la plaza.
El rostro de Lorenzo se distorsionó al verse expuesto.
—No me gusta alterar el orden del mercado, pero ya que insultaste mi librería, supongo que no te importará si pago un poco más.
María tomó el cuero de las manos del aprendiz, quien, al recibir más monedas de las esperadas, sonrió aliviado.
Los vítores y risas de la multitud resonaron. María se alejó tarareando, mientras Lorenzo, con el ceño fruncido, buscaba un cuero más barato en su carrito.
La calle recuperó su ritmo habitual. Entre la gente dispersa, había una joven con una túnica marrón que le cubría hasta los ojos.
Parecía cautelosa. Cada tanto, alzaba ligeramente la mirada para observar alrededor, revelando unos ojos azules como el lapislázuli que brillaban intensamente antes de apagarse de nuevo.
Aunque algunos hombres seguían con la vista sus ágiles y elegantes pasos, antes de que pudieran acercarse, ella desapareció sin dejar rastro.
***
Los callejones traseros del mercado, tan enredados como una telaraña, eran una de las zonas más peligrosas de Bellezza. Aun así, Berenice entró sin vacilar, desvaneciéndose entre las sombras.
Para su sorpresa, la zona estaba más limpia de lo esperado. Aunque la gente era pobre y vestía harapos, no se veían drogadictos ni ladrones.
Berenice tomó un camino solitario y se quitó la capucha para revisar su atuendo. Bajo la tosca tela, su rostro era delicado y hermoso.
Se tocó la nuca. Su espléndido cabello rubio, recogido en un elaborado moño, estaba asegurado con una redecilla y adornos. Una obra de arte creada por sus dos doncellas desde el amanecer.
Sus dedos exploraron las cuentas de coral rojo y las perlas que colgaban de la redecilla. Joyas tan lujosas solo estaban al alcance de las mujeres más ricas y nobles de Bellezza.
Pero Berenice luchó por quitarse algunos adornos. Por más que lo intentó, solo logró sacar un par de horquillas.
—Qué costumbre tan estúpida.
Mientras guardaba las joyas en su bolso, refunfuñó.
¿La razón de encerrar su cabello en incómodas redecillas cada mañana? Para evitar "tentar a los hombres con lujuria y hacerlos pecar".
Berenice no lo entendía. Si los hombres eran tan propensos a caer en la lujuria, ¿no sería mejor atarles... *otra parte*? ¡Sería mucho más eficiente que controlar el cabello ajeno!
Finalmente, se rindió y se cubrió de nuevo. Cuanto más noble era una dama, más debía ocultar su cabello para evitar chismes. Sus doncellas se habían asegurado de que no quedara ni un pelo suelto.
En realidad, no era solo el cabello. Con cada paso, el borde azul de su gamurra asomaba bajo la túnica. Parecía gritar al mundo que era la hija de una familia adinerada.
N/T: La gamurra era un vestido largo hasta los pies, normalmente invernal, de lana, a veces abotonado por delante. Tenía las mangas separadas y, a medida que avanzaba el siglo XV, se hacían de tejido diferente, incluso con hilos de oro y aplicaciones de joyas.
Berenice suspiró profundamente. Le daba vergüenza presentarse así en el convento de Santa Domenica, donde alguna vez fue novicia. Sobre todo porque esperaba que sus antiguas compañeras no se sintieran distantes con ella.
Quizá debió pedirle a sus doncellas ropa más sencilla. Pero no, ¡imposible!
Si su familia se enteraba de su visita al convento, sería un problema. Si quería que este encuentro no fuera el último, no podía ser descubierta.
Berenice respiró hondo y alzó la cabeza. La torre del convento de Santa Domenica se alzaba imponente sobre los callejones sombríos.
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